Extrañando el aula universitaria

Sí, extraño el aula universitaria. Ahora que me encuentro alejado de ese espacio de reflexión e interacción lo valoro aún más y cuando lo recupere terminando mis estudios pretendo mejorar mi desempeño sustancialmente y dejar todo en la cancha.

La Universidad puede ser definida de manera clásica como una comunidad de maestros y discípulos reunidos para el descubrimiento y comunicación de la verdad, que no es estática e indudable, es transitoria y cambiante, y esos movimientos de la verdad, al menos para mí son sumamente estimulantes.

Mi valoración de este nicho relevante nace precisamente en lo que se considera como misión de una Universidad: la creación, conservación y transmisión del saber, en un marco de libertad, con todos los vectores que deberían emerger de esa misión… por sólo nombrar algunos: movilización, pensamiento crítico, responsabilidad social, empatía, solidaridad, ética. Entonces permitir que la mujer y el hombre encuentren y logren desarrollar su espíritu creativo, y que con esa creación/ producto se llegue a un determinado beneficio para la sociedad (que constituye el fin último de la profesión misma) debiera ser una motivación esencial para el académico. Y ahí creo yo nace el compromiso que el profesor universitario tiene con la creación de conocimiento, porque es el creador es el crea y puede enseñar mejor aquello que de alguna forma crea, posibilitando beneficios inmediatos para la sociedad, ya sea fruto de la praxis directa, de los estudiantes o de los escritos y obras, lo que no es posible en una universidad programada y con funcionamiento mecánico. En estos últimos ambientes la “eficiencia” se mide por el número reducido de académicos que son capaces de “enseñar” a numerosos estudiantes en sus sedes, y la creación escapa de allí (yo trabajé en Concepción en una de esas instituciones).

Y a veces no todos abrazan lo inédito, o permiten que los educandos desarrollen su espíritu. Muchas veces en nuestras aulas y prácticos se infringe el terror o el miedo consciente o inconscientemente para el control de la masa, sin tener conciencia que eso lleva a la oscuridad misma y quita potencial a la nueva generación que recibe la posta para construir un mundo mejor. El permitir que en los procesos mentales y prácticos de la creación se llegue a lo nuevo, es abandonar la zona de confort, de lo familiar y conocido, para avanzar hacia la incertidumbre… Se desafía al conocimiento y a la experiencia previa, incluso al maestro o profesor mismo que lo representa, lo que genera rechazo, crítica, desconfianza… El desafío es necesario, sin embargo la valla debe permitir emerger la idea con libertad. Cuán importante es esto último para la odontología!

La tecnificación y la ejecución rutinaria de la formación odontológica muchas veces ponen vendas al espíritu crítico y creativo. La odontología, como una ciencia biomédica no puede o no debe abandonar las inquietudes propias de la creación, especialmente durante el proceso de instrucción del pregrado, eso es echar agua al combustible y comburente. Pero no es menos cierto, que la formación de clínicos consume tiempo y energías que alejan al instructor del proceso creativo, por lo tanto sería esperable que los académicos en las ciencias básicas dedicaran más tiempo a la creación y sería menos prudente esa exigencia a los Cirujano Dentistas clínicos.

Volviendo al comienzo, las aulas universitarias son espacios privilegiados multidimensionales, que pueden tener consecuencias positivas o negativas. Se produce en ellas un intercambio inmediato y masivo, muchas veces impredecible, que genera una historia y clima en particular. Cómo no querer volver a ese dinamismo y promover el sustrato necesario para la creación…

Nos vemos pronto por Talca!

Obs. Para evitar la cacofonía he modificado “la aula” por “el aula” (18-4-2015)

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